Envuelto en un halo de misterios
y rumores que incluyen la circulación de copias
supuestamente "falsas" en formato mp3 aparecerá
en breve el esperado nuevo disco de Radiohead, Hail
To The Thief. Aprovechamos la oportunidad para ofrecer
un resumen de los diez años de historia de la banda,
estudiar su evolución y dar dos puntos de vista
antagónicos sobre el nuevo trabajo.
Si alguien en el año 1993 hubiese
mencionado la remota posibilidad de la aparición
de una canción como Sit Down.Stand Up
en un disco de Radiohead, nadie habría
tomado la idea con seriedad.
Por aquellos días, Pablo Honey - primer
disco de la banda - había pasado absolutamente
desapercibido y recibido tibias críticas, y mas
allá de una buena canción como Creep
- que sorprendía más por interpretación
que por estructura – muchos supusieron, justificadamente
y por experiencia, que estaban intentando venderles otra
banda de chicos tristes que desaparecería luego
de hacer algún buen dinero gracias a un disco apenas
bien producido.
La aparición de The Bends, dos años
más tarde, sorprendió a esa misma gente
en una posición de indefensión ante una
catarata de elogios con respecto a la placa. Escuchándolo
se comprobaba cuánto habían evolucionado
estos cinco estudiantes universitarios de Oxford a los
que alguna gente había puesto en la categoría
de los intrascendentes. Tanto el tema que titulaba el
disco, así como Fake Plastic Trees, My
Iron Lung o Sulk, hacían notar tanto
la coherencia que dominaba los doce tracks como la abismal
diferencia entre el disco debut y este.
Con este antecedente, OK Computer - para muchos
su trabajo cumbre – hizo que el mundo se rindiese
ante su grandeza y no dejara de pensar, hasta hoy día,
que a partir de su edición en 1997 existe un antes
y un después en la forma de escuchar y de hacer
música, si de rock se trata. Nada de “rock
sinfónico rejuvenecido”, como se lo suele
definir cayendo en una simplificación. Quizás
lo más aproximado a ese enfoque sea el increíble
Paranoid Android por sus cambios constantes,
su complejidad vocal y su paso abrupto de la placidez
a la tormenta, aunque casi nada de eso aparece con tanta
fuerza en el resto de la placa. Inclusive, existen contrapartidas
que echan por tierra ese argumento: el salvaje Electioneering,
el single Karma Police (una balada anémica
y despojada) y la gran canción de la lista que
es Exit Music (For A Film), con su grandilocuente
y emotiva arremetida final.
Se podría decir que la importancia de OK Computer
reside en el clima general y la temática, el encadenamiento
evidente y perfecto de ideas que conducen a un abismo.
Internet, la tecnologización extrema, la automatización
de los actos cotidianos, la cantidad y variedad de canales
de comunicación entre individuos, el paradójico
aislamiento en que deriva esta superabundancia y la teoría
final esbozada en el disco: la de la “soledad moderna”.
Es éste el primer disco tecno – o debería
decirse tecnológico - del rock de guitarras que,
sin embargo, apela en forma moderada a esa tecnología
para plantear su tesis.
Si de tecno, electrónica, ambient o cualquiera
de sus variantes hablamos, Radiohead da un doble paso
hacia esos terrenos recién en Kid A en
el 2000 y Amnesiac al año siguiente. Dos
álbumes casi imposibles de tomar separadamente
y que de hecho provienen de las mismas sesiones de grabación.
Los recursos electrónicos son explotados en ambos
al máximo. Desde bases secuenciadas al borde de
la pista de baile (Idioteque) o de una frialdad
casi ajena al rock (Pulk/Pull Revolving Doors),
climas en su expresión absoluta (Treefingers)
y hasta en construcciones post-rock con citas a pioneros
como Dif Juz o sus sucesores - reinventores de Chicago
(In Limbo).
Quedaba demostrado con ese desconcertante par de trabajos
que las inquietas mentes de Thom Yorke
y camaradas no se satisfacían fácilmente.
Que en cualquiera de sus facetas les surgirían
cientos de imitadores (¿en qué andarían
Coldplay o Muse sin Radiohead?), y que
este golpe de timón, absolutamente inesperado para
una banda consolidada, no sólo los enriquecía
musicalmente sino que significaba un corte de manga a
la difusión radial, a las giras de promoción,
a los insoportablemente amables cortes de difusión
y a la popularidad en general. Con todo esto, el éxito
de ambas placas fue grande y nadie se animó a hablar
de traición ni a aplicar palabras remotamente similares.
Lo único que muchos extrañaban, casi desde
lo afectivo, era la sensiblemente menor participación
de un guitarrista de excepción como Jonny
Greenwood.
Llegando a esta primera mitad de 2003, previo lanzamiento
del vivo I Might Be Wrong, cuando todos se preguntaban
qué mares estaría surcando la banda y qué
más podría llegar a hacer - tanto para revalidar
su ya inamovible lugar entre las grandes e influyentes
como para mantener su elevado nivel artístico -
llega Hail To The Thief, un disco que ostenta
la extraña virtud de ofrecer algo diferente para
cada gusto.
Para más detalles, siguen dos opiniones contrapuestas.
Ambas, de nuestra redacción.
Radiohead, Hail To The Thief
(2003, EMI)
El trono vacante
La prosecusión de la originalidad
ha dejado de ser algo original desde hace mucho
tiempo. Los últimos destellos de originalidad
(no hablo de tecnología sino de arte) ocurrieron
dentro de los años sesenta. Ahora más
bien tiene que ver con lo banal. Ser original porque
sí, sólo esconde una patética
falta de otras ideas, tamaña falta de cuerpo
y contenido. Pensaba y me enredaba en estos pensamientos
mientras durante el último fin de semana
me lo pasé escuchando el nuevo disco de Radiohead.
Que es un buen disco. Está muy bien grabado.
Tiene sonidos muy lindos. Y ya. Seis puntos, a todo
trapo. La voz de Yorke me cansa, todo el tiempo
cantando igual, monótona y repetitiva. Ni
siquiera funciona como un mantra, ni es una actitud
minimalista. Como si no tuviera otra posibilidad
que repetirse. Las ¿canciones? naufragan
entre el tan cacareado vanguardismo de Kid A
y los temas más atronadores de OK Computer.
Es como si esta banda se hubiera dicho a si misma:
“a ver ¿qué nos falta hacer?...¿y
si mezclamos algo de lo que ya hicimos?”.
Y así les salió este disco.
En algún momento, allá por el tema
seis, insinúan un pequeño alarde de
actitud con guitarras acústicas. Pero todo
vuelve a la normalidad ya en el siguiente track.
Es todo muy depresivo, como si Thom y sus chicos
tuvieran necesidad de colgarse ellos mismos la cucarda
de “grupo más bajoneante del planeta”.
Para mí, los Radiohead perdieron el rumbo,
algo que ya no podían ocultar en sus anteriores
trabajos. De tanto gustarle a los periodistas “especializados”,
Radiohead terminó trabajando para esos periodistas.
Se convirtieron en una (mala) fórmula que
sólo pretende generar buenas críticas
alumbradas a la luz del exotismo más abyecto.
Por allí aparecen unas palmas orgánicas
(humanas) que me recuerdan por algún motivo
a esos zombies de las películas Clase B.
Y es de lo más vanguardista que pueda escucharse
en este disco. Imaginen el resto.
Los tres primeros trabajos de Radiohead nos hicieron
creer que estábamos ante la presencia de
una verdadera mosca blanca del pop. Los últimos
tres desbarataron el espejismo de un solo golpe.
Pero todo tiene su costado extraño. Las causas
que los llevaron a abandonar aquel pop guitarrero,
con acústicas y buenos coros no me quedan
muy claras. A partir de que no me creo mucho eso
de que tomaron para un lado más vanguardista.
Pero el asunto es que le dejaron vacante el trono
a muchos otros grupos que inmediatamente se posicionaron
con diversas propuestas. De las cuales la más
original me parece la de Coldplay, desde ya. Precisamente,
a la tercera escucha de este disco de Radiohead
me quedé pensando en lo aburridas que estarían
sus novias mientras ellos grababan esta sarta de
imprecisiones sonoras para quedar bien con la nación
alternativa. Y no pude evitar reirme para mis adentros
concluyendo que Chris Martin pudo haberse ofrecido
gustoso a consolarlas. Después de todo el
chico tiene con qué. Digo... una voz maravillosa.
Radiohead no me movió ni una sola fibra interna
con este nuevo trabajo. Y eso es un indicio decisivo,
por lo menos en mi jerga. Repito: el disco está
bien. Toda mi casa está abarrotada de discos
que están bien. Los otros, los pocos que
me mueven la maquinaria emotiva, sólo necesitan
de un par de estantes. Bueno, allí no reposa
este disco de Radiohead. Para que lo sepan.
Tomando a OK Computer
como su obra capital, debo decir que Hail To
The Thief se encuentra tan lejos de ese disco
como de Amnesiac, y afirmar que se queda
a mitad de camino. Conviene aclarar que esta frase
no va en desmedro de la nueva entrega, porque “a
mitad de camino” es en este caso sinónimo
de “un inteligente equilibrio”. Para
quienes pedían a gritos la vuelta de las
guitarras nada mejor que ir directamente a escuchar
Go To Sleep o There There, aunque
no sean los únicos tracks donde las vamos
a hallar. Por su lado, el que busque una extensión
de Amnesiac puede comenzar probando con
Backdrifts o decididamente apuntar a The
Gloaming.
Dejando los blancos y los negros en su lugar evidente,
lo más interesante de este disco se encuentra
en los matices, ahí tenemos a Sit Down.
Stand Up, una engañosa cabalgata comandada
por un tímido piano que crece hasta culminar
en un hipnótico desenfreno mitad sangre mitad
máquina, o el doloroso We Suck Young
Blood, que se desliza rítmicamente apoyado
tan sólo en palmadas y nos deja esperando
un despegue que nunca se concreta. Por otra parte,
si a alguien le cabe todavía alguna duda
sobre la calidad vocal de Thom Yorke no hay más
que escucharlo en I Will, con la única
compañía de una guitarra solitaria.
Otros puntos altos son dos temas absolutamente opuestos:
el impactante e histérico Myxamatosis
y el extraño cierre de álbum que es
A Wolf At The Door, armado sobre un archiconocido
fraseo, formas vocales expresivas desde los tonos
graves y un aire tan familiar que nos recuerda a
muchas otras canciones, aunque curiosamente a ninguna
del quinteto.
Se supone que en todo comentario de un disco, quien
opina debe dejar respondida la pregunta básica
(si gustó o no) y, en este caso, no dudo
en decir que el disco me dejó plenamente
satisfecho. Catorce canciones sin interconexión
entre sí, independientes y que funcionan
bien por sí mismas. Una exposición
de versatilidad compositiva, instrumental e interpretativa.
Y todo esto ya es bastante, sobre todo teniendo
en cuenta que no se puede hacer una obra maestra,
revolucionaria, cada dos años.
Pablo Honey (1993, EMI) The Bends (1995, EMI) OK Computer (1997, EMI) Kid A (2000, EMI) Amnesiac (2001, EMI) I Might Be Wrong (2002, EMI) Hail To The Thief (2003, EMI)