A casi cuatro años de Todo por un polvo
- años durante los cuales sólo editaron
un compilado originalmente pensado para el mercado chileno,
tiempo durante el cual circularon rumores de separación
- el tándem Sokol – Daffunchio regresó
en su mejor forma con Esperando el milagro.
Los “chicos” - así los llamó
alguien en la desopilante conferencia de prensa de presentación
del disco - a pesar de la imagen traviesa y adolescente
que jugaron en esa ocasión (a cada una de las preguntas
respondieron... nada...) han madurado, han crecido artística
y musicalmente.
Y si bien en Esperando el milagro reaparecen
corregidas y aumentadas las obsesiones temáticas
de la banda en forma de ironía (Si sentís),
como visión desolada y escéptica de la realidad
(Desaparecido, Esperando el milagro)
o con toda la bronca (Tiempo de matar); el amor
parece haber ganado un espacio con el que antes no contaba.
Aunque - no podía ser de otro modo - es el amor
que duele, el que se sufre. Para probarlo sólo
alcanza con escuchar Abejas – a mi juicio
el mejor tema del disco – un lamento hecho balada
donde Sokol pide “el amparo de un abrazo”
con ternura y conmovedora tristeza rematado magistralmente
- en el estilo del The Great Gig in the Sky de
Floyd - por la voz de la invitada Claudia Canga.
Musicalmente, Esperando el milagro también
aporta novedades. Todo el disco está construido
sobre las bases electrónicas tejidas por Sebastián
Schachtel – notable también en el rol de
productor artístico - responsable del aire estéticamente
renovador que atraviesa todo el trabajo y que tiene su
broche en Puede ser, un tema que puede sonar
insólito por su ortodoxia tecno. Las Pelotas, con 14 años de historia
y 7 discos en su haber, desde la independencia a ultranza
y el bajo perfil, por evolución artística
y actitud, parecerían ser los más genuinos
herederos de aquella legendaria banda que sus frontmen
- Sokol y Daffunchio - como miembros fundacionales, contribuyeron
a construir en un pueblito de Córdoba hace más
de 20 años.
Había recibido montones de comentarios de amigos
acerca del nuevo CD de Blur, y también
había leído mucho sobre Think Tank.
Que el disco era genial, que era una porquería,
que era un álbum sin hits, que ponía de
manifiesto las últimas obsesiones de Damon Albarn
en cuanto a sus gustos musicales (dub, hip hop, música
marroquí), que era una placa de Blur
“post Gorillaz”, etcétera.
La cuestión es que nadie me dijo algo que es obvio
(quizás por eso esta omisión): Think
Tank, pese a que esta firmado por Blur,
es el primer disco solista de Albarn, ya que el carilindo
toma las riendas de la banda tras la ida del guitarrista
Graham Coxon. Y es su “debut” en solitario,
con todo lo bueno y lo malo que eso implica. Lo bueno
pasa por el riesgo que toma el cantante, yendo un paso
más allá en cuanto a investigación
sonora para una banda que es, sin ninguna duda, mainstream;
y por su voz, que está en su mejor momento. Lo
malo es la ausencia de Coxon, que le resta puntos al grupo
en cuanto a intensidad sonora (recordar Music is my
radar, el antecedente Blur al sonido
de Gorillaz, y pensar como podría haber sido utilizado
el violero en este contexto), y los temas producidos por
Fatboy Slim y William Orbit, que “engrasan”
el sonido, dotándolo de una tremenda falta de buen
gusto (algo esperable para estos dos productores hiper
hypeados, uno de ellos abanderado del techno hooligan.
¿Por qué no llamar a Dan The Automator?).
Think Tank no es ni tan bueno como proclaman
sus defensores ni tan malo como dicen sus detractores.
Es un disco polémico, que no está a la altura
de Modern Life is Rubbish, aún hoy la
mejor placa de Blur. Y en cuanto a la
polémica se lo podría comparar con We
Love Life de Pulp, que cuando se supo que sería
producido por Scott Walker hacía pensar al público
en un Jarvis Cocker cantando con una instrumentación
similar a la de Scott 4. Pero a Walker sí que le
gustan los riesgos y optó por una variante más
cercana a Climate of Hunter; y Damon Albarn no
tiene, ni por asomo, la pluma del hombre de Sheffield.
Otra entrega del proyecto unimembre de Bill Callahan,
luego de un extrañamente inactivo 2002 en el que
sólo ofreció Accumulation None,
un compilado de reversiones, lados B y rarezas.
Sin apartarse de la recta línea que sigue desde
The Doctor Came At Dawn (1996), cuando decidió
abandonar la experimentación - y desprolijidad
– en la que venía embarcado, Supper
puede obrar como un exquisito resúmen de los útimos
seis años de la discreta y persistente carrera
de Smog.
Uno de los cantantes que hace de sus carencias vocales
tanto un recurso expresivo como un sello inconfundible,
siempre rozando la palabra hablada, Callahan abre y cierra
el disco con dos amenas y esqueléticas baladas
(Feather by Feather y A Guiding Light),
la primera de ellas cantada a dúo con Sarabeth
Tucek y abundante en guitarras de acero, la otra
más oscura y sufrida en solitario. El rock directo
aparece rápidamente con Butterflies Drowned
In Wine, de atípica estructura y también
en compañía de la Tucek, Morality,
uno de los tracks más guitarreros y crudos de la
larga discografía de Smog, y Ambition,
más reposado pero con el mismo soporte de electricidad
convencional. El Callahan en plan tranquilo e íntimo
regresa con el casi country Vessel In Vain, el
extenso Truth Serum – otra vez a dúo
– y Our Anniversary, un emotivo canto a
la fidelidad.
El número inesperado y atípico de la placa
es sin dudas Driving, una de las arriesgadas
apuestas que, con resultados diversos, a menudo realiza
Callahan: batería jazzera sincopada, guitarra y
banjo enredados, voces dobladas y con resonancia y, por
si no alcanzara con todo, ruido de fuegos artificiales.
Desde hace mucho Bill Callahan se ha convertido en referente
para músicos extranjeros que gozan inclusive de
mayor notoriedad que él y ha sido últimamente
citado como influencia por ciertos artistas locales. Quizás
las características que pocos han destacado de
Smog sean su honestidad y su coherencia, escasas en estos
tiempos de supuestas grandes estrellas.
Si bien Secreto y Malibú en un
trabajo acotado a su razón de ser - es la banda
de sonido compuesta para la creación colectiva
homónima de teatro-danza - es también la
excelente oportunidad de reencontrarse con Axel
Krygier, multiinstrumentista y talentoso compositor
que en el 99 dió uno de sus mejores discos a la
música popular con Echale semilla!,
disco editado también por Los Años Luz.
Para quien no lo conoce, Krygier cuenta
con el antecedente de haber formado parte de bandas como
La Porturia, de haber compuesto el tema principal para
la miniserie televisiva Okupas (tema que, con otro arreglo,
está incuído también en Secreto
y Malibú) y de haber aportado algunos
de sus composiciones a las bandas de sonido de cinco largometrajes.
Decía que Secreto y Malibú
es un trabajo acotado - tanto en duración como
en sus márgenes creativos - respecto a Echale
semilla!, pero eso no le resta riqueza en lo
más mínimo. Incluso llega a alcanzar algún
momento especialmente brillante en Vuelo (uno
de los pocos temas donde Krygier no toca
todos los instrumentos) donde lo acompañan, en
un reencuentro soñado, sus ex camaradas Kevin Johansen
y Christian Basso, a los que se les suma la guitarra "perica"
de Juanchi Baleirón. Un equipo que daría
gusto verlo jugar un partido completo.
Saludable esfuerzo el de esta Unión Transitoria
de Empresas para rescatar un formato hace largo tiempo
abandonado por el rock local. Un regreso a las fuentes
de la canción de generación pop y aires
campestres con antecedentes en los tempranos 70 de la
mano de Spinetta, de León Gieco, de Sui Generis,
de Gustavo Santaolalla y, ¿por qué no?,
del ampliamente defenestrado Raúl Porchetto. Flopa (Florencia Lestani - Barro), Manza
(Mariano Esaín - Menos que Cero) y Minimal
(Ariel Minimal - Pez) desenchufaron temporariamente sus
eléctricas bandas para encarar en plan acústico
(en la mayoría de los temas) este proyecto con
resultados francamente excelentes. Doce canciones (salomónicamente
distribuidas en lo compositivo a razón de cuatro
por testa), adorables melodías, cuidados arreglos
vocales, buena poesía en las letras (sorprende
su homogénea calidad, teniendo en cuenta lo individual
de ese aspecto creativo) y algún Rhodes disparando
viejas imágenes...
No es poco.