Este es nuestro segundo aullido. Un
aullido más grande y más profundo.
Instigados, seguramente, por la buena repercusión
recogida entre colegas, amigos, familiares y vecinos
– las cuales aprovecho para agradecer –
y por el siencio de los otros, hemos redoblado esfuerzos
y sumado contenidos.
Y creo que este nuevo aullido nos muestra mejor como
somos. Amantes de la diversidad, de la contradicción,
de la confrontación. Hay varios ejemplos que
lo prueban en este número dos. Sin ir más
lejos, la nítida discrepancia con la que dos
miembros del staff juzgaron el nuevo trabajo de Radiohead.
Invito a quienes quieran sumarse a la polémica,
a la discrepancia, a la diversidad. No a la de Radiohead
en particular, si no a cual fuera. Con compromiso de
publicación.
Es lo que espero de The Howl. Un espacio
que sume. Para restar hay otros. Y son muchos.
En lo personal, creo que The Howl nunca
contribuirá a solucionar, ni siquiera a paliar,
los problemas que, a los que hacemos The Howl,
más nos preocupan.
Pero sí a mostrar algunas buenas cosas de esta
vida (las que te endulzan y te hacen vibrar decía
el amigo Barone en el editorial anterior). Las que este
manicomio en el que vivimos se empecina en ocultar.
No casulamente, hemos nacido en esta tierra pródiga
y generosa, plena de oportunidades. Donde se accede
a la presidencia por descarte. Donde un deportista,
con amplia experiencia en conducción de lanchas,
conducirá el Honorable Senado de la Nación.
Donde otro deportista devenido gobernador – ensordecido
quizás por el rugir de los motores en boxes –
no escuchó a quienes le adviertieron sobre los
peligros que acechaban a su provincia. Donde...
En este contexto, en este cambalache, hemos nacido.
Estamos condenados al éxito. Estoy persuadido.
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