Las sombras de Patricia Highsmith.
Lo peor de nosotros.
Hay un lugar en la mente de todo
ser humano en el que anida la sordidez. En esa cantera
escarba Patricia Highsmith, con paciencia de niña
exploradora, para modelar a sus personajes más
descabellados. Los resultados saltan a la vista en The
Talented Mr. Ripley y Strangers on a Train.
Tom Ripley es un cobarde de la peor estofa. Uno de esos
personajes que, antes de The Talented Mr. Ripley
de la Highsmith, apenas podía
aparecer en la narrativa como esbirro segundón
o falso amigo delator, un Judas auto indulgente que la
novelista, nacida en Texas y criada a medias entre Nueva
York y Europa, encandila con luz de reflectores y pone
bajo el cristal de aumento del protagonismo.
Tom es un veinteañero casi alcohólico, fabulador
empedernido, oportunista, paranoico, escuálido
y un verdadero as en matemáticas contables. Pálido
y resbaloso como pocos personajes en la historia de la
literatura, y pusilánime al extremo de que resulta
imposible cobijar el más mínimo afecto por
él, Ripley intenta escapar a su destino gris aferrándose
al menor golpe de suerte como una garrapata.
Y la suerte, nunca les es del todo adversa a los malvados,
no se hace esperar. El padre de un amigo que se marchó
a Italia le pide a Tom que lo convenza y lo haga volver
a New York, a cambio de costearle el pasaje y todos los
gastos a Europa. Por supuesto, los brillos y el glamour
de un crucero hasta el viejo continente deslumbran a Tom,
quien no duda en embarcarse en un juego de doble identidad
y estafa que termina por volverse más y más
perverso con cada giro del relato.
Claro, éste es el multifacético Ripley que
Highsmith pinta de cuerpo entero en las
veinte primeras páginas de su novela de 1955. El
mismo que salta de bar en bar perseguido por sabe Dios
quién. El mismo que apura un gin-tonic detrás
de otro sólo para "darse coraje", un
atributo del que carece por completo a no ser que eche
mano a una botella de alcohol.
Ripley es la encarnación (la “puesta en carne”)
del sino trágico, esa mezcla entre predeterminación
y fatalismo que se muestra, casi al modo de la tragedia
clásica, en la narrativa estadounidense de mediados
del siglo XIX, fundamentalmente en Melville y Hawthorne.
Pero Ripley no es ni Ahab ni la ballena. Es ambos a la
vez. La combinación de ingenuidad y perversión,
de sordidez y candor, de hombre y demonio, de autodeterminación
y destino que se destila en la composición de Ripley
es tan perfecta que no es necesario pensarlo dos veces
para darse cuenta de que, adonde Tom vaya, seguramente
habrá problemas. Tom es la prueba narrativa de
que la tragedia puede lograrse con sólo un personaje
y su destino. Y ese destino puede evitarse limpia y fácilmente
sólo con que el personaje no aparezca por allí.
Ripley
es la encarnación del sino trágico, esa
mezcla entre predeterminación y fatalismo que se
muestra, casi al modo de la tragedia clásica, en
la narrativa estadounidense de mediados del siglo XIX.
The Talented Mr. Ripley fue
llevada al cine primero por René Clément
en 1960, pero también inspiró al Wim Wenders
de Der Amerikanische Freund (1977). Anthony Minghella
prohijó la última aparición de Ripley
en la pantalla grande en 1999. Pero, más allá
de las luces de Hollywood, fue la propia Highsmith
quien se encargó de alargarle la vida al escurridizo
Tom con una secuela de cuatro novelas: Ripley Under
Ground (1970), Ripley’s Game (1974),
The Boy Who Fooled Ripley (1980) y Ripley
Under Water (1991).
Posiblemente (bastan apenas un par de comparaciones para
probarlo) en esta saga la Highsmith sólo
esté perfeccionando la fórmula secreta que
ya había ensayado en su primera novela, Strangers
on a Train. Claro que “la Industria”
no se perdió semejante historia. Strangers…
también fue llevada al cine varias veces, aunque
la más notable entre sus múltiples versiones
es de la de Alfred Hitchcock de 1951, apenas un año
después de la primera edición del libro.
En Strangers… ve la luz el más directo
antecesor de Tom Ripley, un psicópata rico y aburrido
llamado Charley Bruno. Apenas iniciado un viaje en tren,
Bruno se cruza en un camarote con Guy Haines, un arquitecto
a punto de divorciarse, y le propone llevar adelante un
asesinato cruzado.
Bruno es pálido y borracho como Tom, y lleva en
su frente un enorme grano purulento, un tercer ojo tántrico
que parece proyectar su conciencia podrida hacia el exterior,
revelando en los demás la sordidez de su existencia. “Cualquier tipo de persona puede asesinar”,
le dice Bruno a Guy. “¡Son las circunstancias
y no el temperamento! La gente puede llegar tan lejos
–y se necesita tan poca cosa para empujarlos sobre
ese borde. Cualquiera lo haría. Incluso su abuela.
Lo sé”.
Y lo sabe. Tanto que por momentos parece que se empeñase
en engendrar la catástrofe. La inefabilidad de
Bruno en Strangers…, y la mezquindad de
Tom en The Talented…perpetúan lo
más horrendo del mundo de la Highsmith --y lo más
rico también-- en contrastes delicados de luz y
sangre. Claro, Bruno mata. Y Tom también. Dos veces.
Y logran escapar. Pero…¿lo logran realmente?
… Tal vez. Aunque, como dice el dicho, todo es según
el color del cristal con que se mire.