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Miércoles 21 de mayo de 2003 Año I, Número 2
Lecturas
Las sombras de Patricia Highsmith. Lo peor de nosotros.
Hay un lugar en la mente de todo ser humano en el que anida la sordidez. En esa cantera escarba Patricia Highsmith, con paciencia de niña exploradora, para modelar a sus personajes más descabellados. Los resultados saltan a la vista en The Talented Mr. Ripley y Strangers on a Train.
por Pablo Calvi
Tom Ripley es un cobarde de la peor estofa. Uno de esos personajes que, antes de The Talented Mr. Ripley de la Highsmith, apenas podía aparecer en la narrativa como esbirro segundón o falso amigo delator, un Judas auto indulgente que la novelista, nacida en Texas y criada a medias entre Nueva York y Europa, encandila con luz de reflectores y pone bajo el cristal de aumento del protagonismo.
Tom es un veinteañero casi alcohólico, fabulador empedernido, oportunista, paranoico, escuálido y un verdadero as en matemáticas contables. Pálido y resbaloso como pocos personajes en la historia de la literatura, y pusilánime al extremo de que resulta imposible cobijar el más mínimo afecto por él, Ripley intenta escapar a su destino gris aferrándose al menor golpe de suerte como una garrapata.
Y la suerte, nunca les es del todo adversa a los malvados, no se hace esperar. El padre de un amigo que se marchó a Italia le pide a Tom que lo convenza y lo haga volver a New York, a cambio de costearle el pasaje y todos los gastos a Europa. Por supuesto, los brillos y el glamour de un crucero hasta el viejo continente deslumbran a Tom, quien no duda en embarcarse en un juego de doble identidad y estafa que termina por volverse más y más perverso con cada giro del relato.
Claro, éste es el multifacético Ripley que Highsmith pinta de cuerpo entero en las veinte primeras páginas de su novela de 1955. El mismo que salta de bar en bar perseguido por sabe Dios quién. El mismo que apura un gin-tonic detrás de otro sólo para "darse coraje", un atributo del que carece por completo a no ser que eche mano a una botella de alcohol.
Ripley es la encarnación (la “puesta en carne”) del sino trágico, esa mezcla entre predeterminación y fatalismo que se muestra, casi al modo de la tragedia clásica, en la narrativa estadounidense de mediados del siglo XIX, fundamentalmente en Melville y Hawthorne. Pero Ripley no es ni Ahab ni la ballena. Es ambos a la vez. La combinación de ingenuidad y perversión, de sordidez y candor, de hombre y demonio, de autodeterminación y destino que se destila en la composición de Ripley es tan perfecta que no es necesario pensarlo dos veces para darse cuenta de que, adonde Tom vaya, seguramente habrá problemas. Tom es la prueba narrativa de que la tragedia puede lograrse con sólo un personaje y su destino. Y ese destino puede evitarse limpia y fácilmente sólo con que el personaje no aparezca por allí.
Ripley es la encarnación del sino trágico, esa mezcla entre predeterminación y fatalismo que se muestra, casi al modo de la tragedia clásica, en la narrativa estadounidense de mediados del siglo XIX.
The Talented Mr. Ripley fue llevada al cine primero por René Clément en 1960, pero también inspiró al Wim Wenders de Der Amerikanische Freund (1977). Anthony Minghella prohijó la última aparición de Ripley en la pantalla grande en 1999. Pero, más allá de las luces de Hollywood, fue la propia Highsmith quien se encargó de alargarle la vida al escurridizo Tom con una secuela de cuatro novelas: Ripley Under Ground (1970), Ripley’s Game (1974), The Boy Who Fooled Ripley (1980) y Ripley Under Water (1991).
Posiblemente (bastan apenas un par de comparaciones para probarlo) en esta saga la Highsmith sólo esté perfeccionando la fórmula secreta que ya había ensayado en su primera novela, Strangers on a Train. Claro que “la Industria” no se perdió semejante historia. Strangers… también fue llevada al cine varias veces, aunque la más notable entre sus múltiples versiones es de la de Alfred Hitchcock de 1951, apenas un año después de la primera edición del libro.
En Strangers… ve la luz el más directo antecesor de Tom Ripley, un psicópata rico y aburrido llamado Charley Bruno. Apenas iniciado un viaje en tren, Bruno se cruza en un camarote con Guy Haines, un arquitecto a punto de divorciarse, y le propone llevar adelante un asesinato cruzado.
Bruno es pálido y borracho como Tom, y lleva en su frente un enorme grano purulento, un tercer ojo tántrico que parece proyectar su conciencia podrida hacia el exterior, revelando en los demás la sordidez de su existencia.
“Cualquier tipo de persona puede asesinar”, le dice Bruno a Guy. “¡Son las circunstancias y no el temperamento! La gente puede llegar tan lejos –y se necesita tan poca cosa para empujarlos sobre ese borde. Cualquiera lo haría. Incluso su abuela. Lo sé”.
Y lo sabe. Tanto que por momentos parece que se empeñase en engendrar la catástrofe. La inefabilidad de Bruno en Strangers…, y la mezquindad de Tom en The Talented…perpetúan lo más horrendo del mundo de la Highsmith --y lo más rico también-- en contrastes delicados de luz y sangre. Claro, Bruno mata. Y Tom también. Dos veces. Y logran escapar. Pero…¿lo logran realmente? … Tal vez. Aunque, como dice el dicho, todo es según el color del cristal con que se mire.
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