Mientras tanto solucionan el problema que significa el
alejamiento de la compañía discográfica
que editaba sus trabajos, hecho que demora la edición
de un nuevo trabajo que ya se encuentra terminado, la
Pequeña Orquesta Reincidentes
hizo una nueva presentación en La Trastienda.
Y siempre es bueno volver a verlos. Sumergirse, aunque
sea, por noventa minutos en su universo oscuro habitado
por personajes marginales, por historias de ausencias
y soledad, de sórdida rutina. Dejarse llevar por
la policromía musical que suman día a día
en los arreglos, los nuevos instrumentos que incorporan
- donde todo vale, incluso un serrucho o una rueda de
bicicleta si aportan el sonido buscado - y el implacable
trabajo de búsqueda apuntado al crecimiento artístico.
Sorprende descubrir como esta sumatoria de sutilezas transforman,
show a show, a los temas de siempre.
Si bien ya es lugar común decir que la POR
es tributaria de Waits y de Cave, también debe
decirse que el espectro se ha ampliado y que la lista
se ha hecho larga y ecléctica. Pascal Comelade,
Calexico, Kusturica, Crime & the City Solution, Kurt
Weill (hay otros, pero son muchos), nutren a la orquesta
y flotan en el aire de cada lugar en el que suena.
En lo individual, cada uno aporta a la causa lo mejor
de si. Guillermo Pesoa ha encontrado
un estilo muy personal como cantante y emociona. Juan
Pablo Fernández pulió cierto estereotipo
arrabalero de los comienzos - que a decir verdad, tenía
algunos detractores entre los que no me encuentro - y
pega duro cuando canta. Santiago Pedroncini
es el símbolo de la versatilidad de la banda. En
cada show alterna entre guitarra (con y sin slide), banjo
(con y sin arco de violín), mandolina, acordeón
(de dos tipos diferentes) y trompeta. Rodrigo
Guerra además de ser un excelente contrabajista
es en gran parte responsable del formato electro acústico
actual de la banda. Ahora ha agregado tuba y serrucho
en algunos temas y también sumó felizmente
su voz a algunos de los temas nuevos. Alejo Vintrob
es uno de los percusionistas (no sólo baterista)
más sutiles e inquietos del medio, su búsqueda
es permanente y su aporte, determinante.
La Trastienda - junto al Club del Vino, donde hicieron
un ciclo de dos meses recientemente - es el reducto ideal
para una banda de las características de la Pequeña
Orquesta. El sábado 10 de mayo allí
se reunió nuevamente un público fiel, respetuoso
y cómplice que parece no abandonar a la banda bajo
ninguna circunstancia. La ausencia que siempre se nota
es la de la intelligentzia periodística
local que sí llena ese local cuando se presenta
algún producto efímero y sagazmente marketineado.
Hace años, escribí para otro medio, que
Reincidentes (así se llamaban
por entonces) era una banda que había elegido el
camino más difícil, el de no parecerse a
ninguna otra. En esa ruta continúan a paso firme.
Es prudente aclarar un par de cosas antes de empezar una
crónica de cualquier show de Baccarat:
Sergio Pángaro es un músico
sensible y vocalista versátil, y es a la vez, según
se aprecia en escena, un personaje. Cuánto hay
de lo segundo, será cuestión de averiguarlo
próximamente.
Nadie que interprete en un mismo show, bajo la misma máscara,
mayoría de temas propios abarcando cualquier género
imaginable, una canción de Jacques Prévert,
viejos boleros reversionados, algún clásico
pop, y hasta una chacarera - y sumado a eso, divertir
al público -, puede ser un farsante si logra que
la gente salga del espectáculo con la sensación
de haber visto algo mucho más que digno. Si mencioné
la palabra farsante es porque la escuché (injustamente
a mi entender) dirigida a Pángaro desde los no
tan lejanos tiempos en que formaba parte del proyecto
San Marín Vampire.
La cosa es que hoy el viaje Pángaro-Baccarat funciona
aceitadamente, con una impecable formación bajo-guitarra-batería-trompeta
sobre bases y arreglos sampleados, dos sugestivas partenaires
(y más que corectas vocalistas), y el Maestro de
Ceremonias al frente: un tipo que hasta se lanza con una
excelente versión de Les Feuilles Mortes
– con puente instrumental jazzedo – y especula
con su desconocimiento del idioma francés desde
el título de la canción. El mismo que rememora,
junto a las dos chicas, anécdotas de sus viajes
por el mundo – especialmente... Chaco y San Juan
– y que, ingesta de Cabernet Sauvignon en vivo,
suelta la lengua hasta chacotear irónicamente con
la nefasta banderita plástica argentino-polaca
– un ejemplar incunable, dice – con silueta
de Malvinas incorporada, vendida hasta el hartazgo en
ocasión de la visita del Papa en aquellas difíciles
épocas.
El recinto lo acompañó y lo estimuló
– el Club del Vino es un lugar más que agradable
– y la concurrencia no formaba multitud pero tampoco
era escasa. Lo cierto es que el hombre menudo, de inmaculado
traje negro y moño de seda, mantuvo a la gente
cautiva tanto cuando cantó como cuando habló
– y de hablado hay mucho en sus shows –, y
adelantó varios temas de su próximo EP (En
castellano), que supuestamente incluirá tanto
una canción-manual para componer un hit como la
clásica chacarera de Julio Jeréz,
Añoranzas.
Sergio Pángaro y Baccarat merecen ser escuchados
por mucha más gente de la que actualmente asiste
a sus shows, sobre todo si tenemos en cuenta que este
supuesto bon vivant es un asiduo visitante de
librerías de la Avenida Corrientes por la noche,
bebe tanto como cualquiera de nosotros estaría
dispuesto a admitir, y se atreve a zapatear como lo haría
en un acto de escuela primaria.